(East Rutherford, 24 de junio de 2026 – EFE / MundoUR).- Iván ‘El Terrible’, Luis XIV de Francia, Carlos I de España o Tutankamón… Pocos reyes en la historia han sido coronados antes de los 18 años de edad. Pelé es uno de ellos. Inició su imperio con 17 años y 249 días en un lugar tan inesperado como Solna.
La ceremonia de entronización de Edson Arantes do Nascimento empezó a las 15.00 hora local del 29 de junio de 1958 en el estadio Råsunda. Los testigos de honor: la selección de Suecia y cerca de 50.000 espectadores, entre ellos el rey Gustavo VI Adolfo.
Pocos esperaban que fuera él el elegido: un ‘menino’ negro, de familia humilde, que empezaba a despuntar en el Santos y cuya convocatoria para el Mundial de Suecia fue cuestionada por su extrema juventud.
Lesionado y cuestionado Para más inri, se incorpora a la delegación canarinha entre algodones, ya que se lesiona en la rodilla en un amistoso a tres días de embarcar para Suecia, lo que puso seriamente en riesgo su presencia en la Copa del Mundo.
«Pero ahí Paulo Machado de Carvalho (jefe de la delegación brasileña) y toda la comisión técnica resuelven apostar por Pelé», explica a EFE Ademir Takara, bibliotecario del Centro de Referencia del Fútbol Brasileño, en el Museu do Futebol de São Paulo.
Tanto es así que el 10 se pierde los dos primeros partidos del torneo, pues «aún se está recuperando» y solo aparece en el último encuentro de la fase de grupos ante la Unión Soviética, en el que Brasil necesitaba ganar para avanzar a cuartos.
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«Y es en ese momento dicen: vamos a alinear a Pelé y Garrincha», añade Takara, uno de los mayores estudiosos de la selección brasileña de fútbol.
Pelé nunca más salió del once titular. Luego marcó uno a Gales (1-0), tres a la Francia de Just Fontaine (5-2) y dos a Suecia en la gran final (5-2).
Antes del inicio de aquel campeonato, como ocurre con el Mundial de este 2026, la expectativa en Brasil era la peor posible.
Se pensaba que el país nunca sería campeón mundial después del Maracanazo de 1950 y la eliminación en cuartos en Suiza 1954 contra Hungría, en un partido que pasó a la historia como la ‘Batalla de Berna’ por la tangana generalizada que se montó entre los dos equipos tras el pitido final.
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Con todo, algunos reivindicaban ya a Brasil como una potencia en ciernes. Uno de ellos era el periodista y escritor Nelson Rodrigues, quien en una crónica publicada el 31 de mayo de 1958 escribió: «El brasileño necesita convencerse de que no es un perro callejero y de que tiene fútbol para dar y tomar allí en Suecia».
Pelé se lo creyó a pies juntillas y enterró de un plumazo ese complejo de inferioridad que atenazaba a toda una nación.
Un gol sublime: pecho, sombrero y de primeras Y eso que la Canarinha de Vicente Feola, que jugó la final de azul, empezó ante Suecia nerviosa, errática y por debajo en el marcador tras el tanto de Nils Liedholm, figura histórica del Milán, en el minuto 4. Entonces, el gol más rápido de una final mundialista.
Reaccionó rápido, en el 9, por medio de Vavá, que repitió en el 32 en sendas jugadas de asistencia calcadas de Garrincha.
Entre medias, Pelé estrelló un disparo al palo desde fuera del área. Y en el 55 firmó su primera obra de arte mundial. Bajó con el pecho un centro frontal, se inventó un sombrero para librarse de su marcador y de primeras empalmó el balón para batir a Kalle Svensson.
«¡¡Uma beleza de gol!!», exclamó el locutor de la Radio Nacional brasileña durante la transmisión.
Luego llegaría el tanto de Zagallo (m.68), el segundo gol sueco de Simonsson (m.80) y, en el último lance, el segundo de Pelé, tras abrir de tacón la jugada que él mismo culminó con un cabezazo.
En la celebración, el delantero de Três Corações rompió a llorar como el niño que era. Empezaba su imperio sin saberlo.





