(Caracas, 26 de febrero de 2026. NP/MundoUR).- La versión teatral de “Fresa y chocolate”, escrita por Senel Paz, dirigida por Héctor Manrique y llevada a escena por la agrupación Grupo Actoral 80, confirma la vigencia de una obra que desde su origen literario, ha sido un alegato contra la intolerancia.
Teatro Trasnocho Viernes 27 febrero y Sábado febrero 28: 6:00 pm. Domingo 1 de marzo a las 5:00 pm.
La pieza nace de la novela “El lobo, el bosque y el hombre nuevo”, del propio Paz, y alcanzó proyección internacional con su adaptación cinematográfica, Fresa y chocolate, nominada al Óscar como Mejor Película Extranjera en 1994, galardonada con el Oso de Plata en el Festival Internacional de Cine de Berlín y reconocida con el Premio Goya en España en 1995. Más allá de los premios, lo que ha perdurado es la profundidad humana de su conflicto.
Desde la primera escena, ambientada en la emblemática heladería habanera “Coppelia”, el símbolo es claro: fresa para Diego, chocolate para David. Dos sabores, dos posturas ante el mundo. Diego —interpretado con notable precisión por Jesús Das Merces— es el artista culto, rodeado de libros, escéptico ante las verdades absolutas y asediado por una sociedad que vigila su identidad sexual. David —encarnado por Daniel Rodríguez— es el “guajirito”, estudiante comunista convencido de la doctrina del Hombre Nuevo, disciplinado, vigilado y a su vez, vigilante.
El encuentro inicial está cargado de ironía y tensión. Diego se siente atraído por David y lo invita a su universo literario con intenciones que mezclan deseo y provocación sexual. David, temeroso y dogmático, se distancia. Sin embargo, la curiosidad —esa grieta en toda certeza ideológica— lo empuja a regresar. Y en ese retorno comienza el verdadero conflicto, la lectura de textos prohibidos, la confrontación de ideas, la lenta erosión del prejuicio.
La puesta de Manrique es ágil, precisa en el manejo del ritmo. Los tiempos escénicos fluyen con naturalidad, permitiendo que los diálogos —dinámicos, jocosos, profundamente humanos— sostengan la tensión dramática sin perder ligereza. Bajo la aparente comedia se desliza el drama de un Gobierno-Estado que penetra la intimidad del ciudadano, encarnado en la figura de Adolfo Nittoli, presión constante sobre David para que delate a su amigo.
Jesús Das Merces ofrece un Diego lleno de matices, vulnerable sin caer en la caricatura, irónico pero herido, intelectual y profundamente humano. No pierde detalle de la cotidianidad cubana, su actuación respira diferencia, libros subrayados y café compartido. Daniel Rodríguez, construye un David creíble en su rigidez inicial y conmovedor en su transformación.
Lo más valioso de esta versión teatral es que no convierte la diferencia en consigna, sino en experiencia viva. La amistad que surge entre ambos personajes no anula sus contrastes ideológicos, los humaniza. El desenlace conciliatorio no es ingenuo, es una afirmación de la tolerancia como acto de valentía.
En definitiva, Fresa y chocolate reafirma que el teatro, cuando es honesto, puede desnudar las estructuras del poder y al mismo tiempo, celebrar la posibilidad del encuentro. Una obra ligera en apariencia, profunda en su resonancia y necesaria en cualquier tiempo donde la exclusión, la intolerancia y el dogma intenten imponerse sobre la libertad individual.





